Los Cuentos de Villa Aumtum 3 - 2/4

PARTE SEGUNDA; Calor.

- ¿Por qué me cuenta esta historia, padre? – preguntó el hijo, en uno de los incisos respiratorios del enfermo.
- Ya te he dicho, hijo mío, que el final de esta historia está donde debe de estar, en el final… Es como aquella escalera… Que final tan extraño y poco común… ¿Quién lo hubiese pensado, que al final se encontraría ese oscuro y a la vez esperanzado lugar?
Y sin más, el viejo continuó la historia.

Aquella noche, tras la visita del cartero, Alex no pudo dejar de pensar en lo que había ocurrido horas antes, y con el fin de no preocupar a su mujer había guardado el secreto de la visita en lo más profundo de su subconsciente, parte de su mente que lo atormentó en sueños durante los días siguientes.
Noches más tarde, en la oscuridad creciente del crepúsculo, deambulaba un hombre, cojeando, a lo largo de la carretera principal que comunicaba St.Loire con Lemon Square. El inquilino, llevando sujeto en su mano derecha un recipiente plástico lleno de gasolina, había premeditado detalle a detalle lo que aquella noche iba a ocurrir en el número 73 de esa misma calle.
En mitad de la tiniebla y levemente iluminado por la blanquecina luz de las farolas cercanas, el hombre era tan solo una sombra que acechaba a una familia ya dormida en el seno de un hogar no perteneciente a la misma.
La sombra respiraba plácidamente ansiando algo. ¿Un cigarro, tal vez? Con agilidad impropia de un cojo, el hombre dejo el recipiente en el húmedo suelo y sacó de su bolsillo un cajetín de tabaco rozando ya la inexistencia de nicotina.
Agarró el penúltimo cigarrillo, ignorando que además de otra munición adictiva, también se hallaba en el interior del cartón una diminuta llave de color dorada. Cerró la caja y se llevó a la boca el filtro gustosamente, para a continuación encender su trocito de gloria con un mechero metálico que ofrecía débiles destellos a causa de la luz. Cuando saboreó la segunda calada volvió a agarrar su recipiente y por consiguiente, a caminar.

En el momento que llegó al jardín de la casa 73 el aire se tornó denso y misterioso. Bajo los pies del hombre el césped crujía y la escarcha se resquebrajaba. Hacía frío, e independientemente del humo aspirado por el tabaco, de la boca del hombre también salía vaho.
Cruelmente sonrió y se acercó a la puerta principal, dejando huellas en el hielo roto antes incrustado en la hierba, y una vez cerca de la impenetrable losa de madera, la sombra encajó en la cerradura la llave dorada que tenía oculta y la puerta, como por arte de magia, cesó su resistencia.

El interior de la residencia estaba completamente ordenado. Nada más entrar quedaba al descubierto una lujosa escalera, y a ambos lados, el salón, a la derecha, y el comedor, a la izquierda.
Arrastrando su cubo el hombre subió las escaleras y una vez en el segundo piso atisbó las cinco puertas. Un baño, tres habitaciones y un despacho, pensó, y sin demorarse mucho en la elección agarró la primera puerta y se adentró en el espacio que esta protegía.

Aquel cubículo era el baño. Reluciente baño con todo lujo de detalles. Las cortinas a juego con las toallas. El jabón a juego con las toallas y las cortinas. Allí dentro de podía percibir la manía de una esposa por el hecho de conjuntar lo inconjutable.
Ignorando lo demás, la sombra destapó el recipiente de gasolina y empezó a derramarlo por el suelo.
Cuando salió, entró en una nueva puerta. La habitación del matrimonio. Ambos dormían ignorantes a todo, pero el hombre se movía bruscamente, como incómodo, como siendo testigo de una pesadilla pronto hecha realidad.Aislándose de la escena, la sombra vertió de nuevo su jugo por la estancia, y cuando hubo terminado salió cerrando la puerta.
La siguiente fue la habitación de uno de los hijos. Era un chiquillo escuálido que a su lado la cama parecía una hectárea, pero a pesar de todo tenía cierta presencia angelical que sin lugar a dudas había heredado de su madre.
Involuntariamente la sombra tuvo una erección en el momento en que la imagen de la mujer dormida llegó a su mente. Allí tumbada, junto a su ajetreado marido, pareciéndose en cada ínfimo detalle a una virgen.
El hombre se tocó por unos segundos, y cuando la lujuria abandonó su cuerpo se dijo a sí mismo, más bien se prometió, que tarde o temprano aquella mujer sería suya.
Sin preámbulos vertió de nuevo la substancia creando ríos en la moqueta. Cuando salió, complacido, vio en la puerta, pintado, el nombre del crío: Cramany.
Tan solo le quedaban dos habitaciones y rezó para que la siguiente fuese la del otro hijo, pues el despacho le traía sin cuidado. Agarró el pomo de la puerta continúa a la de Cramany, y al abrirla un chirrido se propagó en la atmosfera, para seguirle un tufo a sexo, sudor y adolescencia por este orden. Allí descansaba un chico de unos 17 años aproximadamente. Se parecía mucho al chiquillo de la habitación de al lado, solo que este último no compartía el color de pelo, siendo moreno y su hermano rubio. La sombra miró al joven. Era atlético, un estudiante de instituto con las hormonas a flor de piel. De nuevo el cojo tuvo una erección, adoraba a esos jóvenes que pensaban comerse el mundo, y lo único que comían era la mierda de los demás.
Lamentándolo en lo más profundo de su corazón, la sombra prefería a la mujer que a su joven hijo, aunque si quedaba tiempo, y tened por seguro que iba a quedar, también se encargaría del chico.
Sin temor tiró gasolina a su alrededor. El escritorio, el armario, las estanterías, la pared, la mesita de noche. Aquella noche, sin duda, sería una de las más calurosas del año para los Bottage.

La sombra salió de la última habitación y calculó la gasolina restante. Le quedaba suficiente como para verterla hasta el piso de abajo, cosa que hizo al segundo siguiente. Y una vez abajo, con su cubo en mano y cigarro en los labios, llegó la hora de la chispa.
Agarró su cigarrillo con dedos índice y corazón, y seguidamente lo lazó a las escaleras, donde instantes después se produjo un chasquido insonoro para dar lugar a la carrera de llamas. El fuego se deslizaba rápidamente por las escaleras hasta el piso de arriba. Se hizo la luz, y cuando el rostro de la sombra se iluminó, esta salió de la casa y esperó junto al buzón.
- Los Bottage van a decir adiós a esta casa… - pensó en voz alta la sombra. Y tras sonreír de forma maquiavélica el hombre buscó en sus bolsillos una papeleta. Era un cartelito de publicidad, nada de extraño, parecido a muchos otros que recogía cansada cada mañana la señora Anne Bottage. Pero por muy extraño que parezca aquella papeleta, singular sin más, llevaría a los Bottage a un lugar alejado de la realidad y donde las leyendas tienen sólidas bases para creer.

- Sí… - dijo la sombra una vez marcado el número de los bomberos en su teléfono táctil de última generación. – Creo que deben saber que la casa 73 de la Calle St.Loire está ardiendo. – y tras pronunciar esas palabras colgó, introdujo en el interior del buzón la papeleta, y caminó de nuevo a la oscuridad, lugar de donde había llegado.


CONTINUARÁ

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Al final de la escalera.
PRIMERA PARTE: El Cartero


- Hijo… - susurró el hombre, midiendo el tiempo y las palabras. – He de contarte algo que he mantenido en secreto durante muchos años.
El hijo, sobresaltado, se incorporó de la silla en la que había pasado tantas noches a esperas de la muerte, ya inminente, de su padre, y sus lágrimas brillaron bajo la candela de la esperanza.
- Dígame, padre… - susurró en un lamento casi ahogado, y entonces el marchito hombre, a cuestas con su difícil respiración y lágrimas en los ojos, contó una historia que se abrió camino al corazón del joven.




Siempre me había preguntado que había al final de esa angosta escalera que se introducía por los frondosos bosques colaterales a Villa Aumtum. Pero antes de adentrarnos en el extraño final de esta historia, es lógico que empiece por el principio...

Era un caluroso día de verano cuando visitó la Villa una extraña familia que decía apellidarse Bottage, constituida por Anne, Alex, y sus dos hijos, Bultró y Cramany. Cramany era el más pequeño de todos, pero el que tenía un aspecto más siniestro y enfermizo, con esos ojos saltones y esas ojeras tremendamente oscuras. A todo ello se le sumaba su extremada blanquecina piel, y sus casi transparentes ojos, además de su rubio cabello largo hasta media espalda. Bultró era completamente opuesto a Cramany. Era alto, moreno, de ojos oscuros, de constitución atlética, una mirada penetrante y una piel heredada de su madre: perfecta. Alex, el padre, tenía rasgos que se podían identificar en ambos hijos, su nariz la había heredado el hijo menor, su pelo, el mayor y finalmente estaba Anne; rubia, alta, bella. Una musa del arte griego. Una dama de pies a cabeza. Una modelo femenina a seguir.
Los Bottage habían encontrado el nombre de Villa Aumtum por casualidad, y aquella casualidad lentamente se fue convirtiendo en una idea de lo más brillante. Y aquella idea en un plan. Y aquel plan, finalmente, en una realidad.

Una mañana de marzo Alex abrió la puerta de su casa con intención de recoger el periódico de aquel día, cuando para su sorpresa pudo ver, que en la entrada de su garaje, estaba estacionada una camioneta de correos cubierta de óxido y polvo.
En el interior del vehículo descansaba un hombre de avanzada edad, que estaba leyendo atentamente sus informes con ojos perplejos.
- ¿Qué hace usted en mi propiedad? – preguntó Alex con coraje en las venas.
- ¿Disculpe? Esta casa es mía. ¿Qué hace usted aquí?
Alex lo miró perplejo y dedujo que sería un fugitivo de algún psiquiátrico cercano.
- Creo que está equivocado… - dijo Alex, ofreciendo una sonrisa. – Vivimos aquí desde hace 10 años.
- Es… extraño. – susurró el cartero. – Me llamo Sir McDell. – se presentó finalmente, y entonces, como la luz ilumina la oscuridad, las respuestas alumbraron las preguntas de Alex.

10 años antes.

- No se arrepentirá de la compra, Señor Bottage, se lo puedo asegurar. Es una bonita casa de dos plantas que está en perfecto estado, con jardín y espacio suficiente como para incorporar una buena piscina para sus dos hijos. – el agente inmobiliario seguía ejecutando su trabajo con exquisita rigidez. – además el ambiente en el que está situado se considera el concepto más lujoso. Un barrio de calidad, para una familia de calidad.
Alex sonreía falsamente antes las explicaciones del agente.
- No obstante a todo esto, he de asegurarle que el precio está muy por debajo de lo que en realidad debería estar. Hay un descuento de un 72,3%.
- ¿Y eso a qué es debido? – preguntó tajantemente Alex.
- Es debido a que ustedes son unos clientes fantásticos y la agencia quiere agradecerles el favor de…
- No, no, no. Deje de lamerme el culo a mí, y a mí familia. Quiero que me diga los contras. ¿Por qué es tan barata?
- Bueno… la cuestión es que… la casa ya tiene un propietario.
Aquella palabras fueron como un jarrón de agua fría. ¿Porqué comprar una casa cuando la casa ya estaba comprada?
- ¿Me ve usted cara de imbécil?
- No, no, ni lo más mínimo. La cuestión es que por mucho que la casa ya tenga propietario, el propietario lleva desaparecido dos años y no ha dejado señal de vida por ninguna parte, con lo cual… la agencia, ha decidido revender la casa. Y cuando digo revender me refiero a pagar tan solo un ínfimo porcentaje del precio original para así poder vivir en esta majestuosa obra maestra de la arquitectura.
- ¿Quién era el propietario? – preguntó Alex tremendamente intrigado.
- Nadie en especial. Un joven cartero que vivía solo. Había recibido la herencia de sus difuntos padres, muertos en un accidente de tráfico, y decidió comprarse este excéntrico pedazo de mundo. Un tal SirMcDell

- Así que usted es el propietario de esta casa… - susurró Alex, desgarrando sus cuerdas vocales. – Después de doce años vuelves para… ¿qué?
- ¿Doce años? – vociferó el cartero - ¿Qué me está diciendo? ¿Es usted un ocupa nazi?
- SirMcDell… - susurró. – Hoy es 12 de febrero. – comentó. – ¿Lo sabía?
- ¡Claro que se la fecha en la que vivo! Hoy es doce de febrero de 1995.
En el estomago de Alex se produjo un nudo de lo más contraído.
- No… Estamos en 2007, no en 1995, SirMcDell.
El cartero frunció el ceño y salió del coche. Agarró el periódico del suelo y leyó la fecha. Seguidamente lanzó el periódico al suelo, subió a su camioneta, y desapareció a lo lejos de la carretera principal.


CONTINUARÁ