Al final de la escalera.
PRIMERA PARTE: El Cartero
- Hijo… - susurró el hombre, midiendo el tiempo y las palabras. – He de contarte algo que he mantenido en secreto durante muchos años.
El hijo, sobresaltado, se incorporó de la silla en la que había pasado tantas noches a esperas de la muerte, ya inminente, de su padre, y sus lágrimas brillaron bajo la candela de la esperanza.
- Dígame, padre… - susurró en un lamento casi ahogado, y entonces el marchito hombre, a cuestas con su difícil respiración y lágrimas en los ojos, contó una historia que se abrió camino al corazón del joven.
Siempre me había preguntado que había al final de esa angosta escalera que se introducía por los frondosos bosques colaterales a Villa Aumtum. Pero antes de adentrarnos en el extraño final de esta historia, es lógico que empiece por el principio...
Era un caluroso día de verano cuando visitó la Villa una extraña familia que decía apellidarse Bottage, constituida por Anne, Alex, y sus dos hijos, Bultró y Cramany. Cramany era el más pequeño de todos, pero el que tenía un aspecto más siniestro y enfermizo, con esos ojos saltones y esas ojeras tremendamente oscuras. A todo ello se le sumaba su extremada blanquecina piel, y sus casi transparentes ojos, además de su rubio cabello largo hasta media espalda. Bultró era completamente opuesto a Cramany. Era alto, moreno, de ojos oscuros, de constitución atlética, una mirada penetrante y una piel heredada de su madre: perfecta. Alex, el padre, tenía rasgos que se podían identificar en ambos hijos, su nariz la había heredado el hijo menor, su pelo, el mayor y finalmente estaba Anne; rubia, alta, bella. Una musa del arte griego. Una dama de pies a cabeza. Una modelo femenina a seguir.
Los Bottage habían encontrado el nombre de Villa Aumtum por casualidad, y aquella casualidad lentamente se fue convirtiendo en una idea de lo más brillante. Y aquella idea en un plan. Y aquel plan, finalmente, en una realidad.
Una mañana de marzo Alex abrió la puerta de su casa con intención de recoger el periódico de aquel día, cuando para su sorpresa pudo ver, que en la entrada de su garaje, estaba estacionada una camioneta de correos cubierta de óxido y polvo.
En el interior del vehículo descansaba un hombre de avanzada edad, que estaba leyendo atentamente sus informes con ojos perplejos.
- ¿Qué hace usted en mi propiedad? – preguntó Alex con coraje en las venas.
- ¿Disculpe? Esta casa es mía. ¿Qué hace usted aquí?
Alex lo miró perplejo y dedujo que sería un fugitivo de algún psiquiátrico cercano.
- Creo que está equivocado… - dijo Alex, ofreciendo una sonrisa. – Vivimos aquí desde hace 10 años.
- Es… extraño. – susurró el cartero. – Me llamo Sir McDell. – se presentó finalmente, y entonces, como la luz ilumina la oscuridad, las respuestas alumbraron las preguntas de Alex.
10 años antes.
- No se arrepentirá de la compra, Señor Bottage, se lo puedo asegurar. Es una bonita casa de dos plantas que está en perfecto estado, con jardín y espacio suficiente como para incorporar una buena piscina para sus dos hijos. – el agente inmobiliario seguía ejecutando su trabajo con exquisita rigidez. – además el ambiente en el que está situado se considera el concepto más lujoso. Un barrio de calidad, para una familia de calidad.
Alex sonreía falsamente antes las explicaciones del agente.
- No obstante a todo esto, he de asegurarle que el precio está muy por debajo de lo que en realidad debería estar. Hay un descuento de un 72,3%.
- ¿Y eso a qué es debido? – preguntó tajantemente Alex.
- Es debido a que ustedes son unos clientes fantásticos y la agencia quiere agradecerles el favor de…
- No, no, no. Deje de lamerme el culo a mí, y a mí familia. Quiero que me diga los contras. ¿Por qué es tan barata?
- Bueno… la cuestión es que… la casa ya tiene un propietario.
Aquella palabras fueron como un jarrón de agua fría. ¿Porqué comprar una casa cuando la casa ya estaba comprada?
- ¿Me ve usted cara de imbécil?
- No, no, ni lo más mínimo. La cuestión es que por mucho que la casa ya tenga propietario, el propietario lleva desaparecido dos años y no ha dejado señal de vida por ninguna parte, con lo cual… la agencia, ha decidido revender la casa. Y cuando digo revender me refiero a pagar tan solo un ínfimo porcentaje del precio original para así poder vivir en esta majestuosa obra maestra de la arquitectura.
- ¿Quién era el propietario? – preguntó Alex tremendamente intrigado.
- Nadie en especial. Un joven cartero que vivía solo. Había recibido la herencia de sus difuntos padres, muertos en un accidente de tráfico, y decidió comprarse este excéntrico pedazo de mundo. Un tal SirMcDell
- Así que usted es el propietario de esta casa… - susurró Alex, desgarrando sus cuerdas vocales. – Después de doce años vuelves para… ¿qué?
- ¿Doce años? – vociferó el cartero - ¿Qué me está diciendo? ¿Es usted un ocupa nazi?
- SirMcDell… - susurró. – Hoy es 12 de febrero. – comentó. – ¿Lo sabía?
- ¡Claro que se la fecha en la que vivo! Hoy es doce de febrero de 1995.
En el estomago de Alex se produjo un nudo de lo más contraído.
- No… Estamos en 2007, no en 1995, SirMcDell.
El cartero frunció el ceño y salió del coche. Agarró el periódico del suelo y leyó la fecha. Seguidamente lanzó el periódico al suelo, subió a su camioneta, y desapareció a lo lejos de la carretera principal.
CONTINUARÁ
PRIMERA PARTE: El Cartero
- Hijo… - susurró el hombre, midiendo el tiempo y las palabras. – He de contarte algo que he mantenido en secreto durante muchos años.
El hijo, sobresaltado, se incorporó de la silla en la que había pasado tantas noches a esperas de la muerte, ya inminente, de su padre, y sus lágrimas brillaron bajo la candela de la esperanza.
- Dígame, padre… - susurró en un lamento casi ahogado, y entonces el marchito hombre, a cuestas con su difícil respiración y lágrimas en los ojos, contó una historia que se abrió camino al corazón del joven.
Siempre me había preguntado que había al final de esa angosta escalera que se introducía por los frondosos bosques colaterales a Villa Aumtum. Pero antes de adentrarnos en el extraño final de esta historia, es lógico que empiece por el principio...
Era un caluroso día de verano cuando visitó la Villa una extraña familia que decía apellidarse Bottage, constituida por Anne, Alex, y sus dos hijos, Bultró y Cramany. Cramany era el más pequeño de todos, pero el que tenía un aspecto más siniestro y enfermizo, con esos ojos saltones y esas ojeras tremendamente oscuras. A todo ello se le sumaba su extremada blanquecina piel, y sus casi transparentes ojos, además de su rubio cabello largo hasta media espalda. Bultró era completamente opuesto a Cramany. Era alto, moreno, de ojos oscuros, de constitución atlética, una mirada penetrante y una piel heredada de su madre: perfecta. Alex, el padre, tenía rasgos que se podían identificar en ambos hijos, su nariz la había heredado el hijo menor, su pelo, el mayor y finalmente estaba Anne; rubia, alta, bella. Una musa del arte griego. Una dama de pies a cabeza. Una modelo femenina a seguir.
Los Bottage habían encontrado el nombre de Villa Aumtum por casualidad, y aquella casualidad lentamente se fue convirtiendo en una idea de lo más brillante. Y aquella idea en un plan. Y aquel plan, finalmente, en una realidad.
Una mañana de marzo Alex abrió la puerta de su casa con intención de recoger el periódico de aquel día, cuando para su sorpresa pudo ver, que en la entrada de su garaje, estaba estacionada una camioneta de correos cubierta de óxido y polvo.
En el interior del vehículo descansaba un hombre de avanzada edad, que estaba leyendo atentamente sus informes con ojos perplejos.
- ¿Qué hace usted en mi propiedad? – preguntó Alex con coraje en las venas.
- ¿Disculpe? Esta casa es mía. ¿Qué hace usted aquí?
Alex lo miró perplejo y dedujo que sería un fugitivo de algún psiquiátrico cercano.
- Creo que está equivocado… - dijo Alex, ofreciendo una sonrisa. – Vivimos aquí desde hace 10 años.
- Es… extraño. – susurró el cartero. – Me llamo Sir McDell. – se presentó finalmente, y entonces, como la luz ilumina la oscuridad, las respuestas alumbraron las preguntas de Alex.
10 años antes.
- No se arrepentirá de la compra, Señor Bottage, se lo puedo asegurar. Es una bonita casa de dos plantas que está en perfecto estado, con jardín y espacio suficiente como para incorporar una buena piscina para sus dos hijos. – el agente inmobiliario seguía ejecutando su trabajo con exquisita rigidez. – además el ambiente en el que está situado se considera el concepto más lujoso. Un barrio de calidad, para una familia de calidad.
Alex sonreía falsamente antes las explicaciones del agente.
- No obstante a todo esto, he de asegurarle que el precio está muy por debajo de lo que en realidad debería estar. Hay un descuento de un 72,3%.
- ¿Y eso a qué es debido? – preguntó tajantemente Alex.
- Es debido a que ustedes son unos clientes fantásticos y la agencia quiere agradecerles el favor de…
- No, no, no. Deje de lamerme el culo a mí, y a mí familia. Quiero que me diga los contras. ¿Por qué es tan barata?
- Bueno… la cuestión es que… la casa ya tiene un propietario.
Aquella palabras fueron como un jarrón de agua fría. ¿Porqué comprar una casa cuando la casa ya estaba comprada?
- ¿Me ve usted cara de imbécil?
- No, no, ni lo más mínimo. La cuestión es que por mucho que la casa ya tenga propietario, el propietario lleva desaparecido dos años y no ha dejado señal de vida por ninguna parte, con lo cual… la agencia, ha decidido revender la casa. Y cuando digo revender me refiero a pagar tan solo un ínfimo porcentaje del precio original para así poder vivir en esta majestuosa obra maestra de la arquitectura.
- ¿Quién era el propietario? – preguntó Alex tremendamente intrigado.
- Nadie en especial. Un joven cartero que vivía solo. Había recibido la herencia de sus difuntos padres, muertos en un accidente de tráfico, y decidió comprarse este excéntrico pedazo de mundo. Un tal SirMcDell
- Así que usted es el propietario de esta casa… - susurró Alex, desgarrando sus cuerdas vocales. – Después de doce años vuelves para… ¿qué?
- ¿Doce años? – vociferó el cartero - ¿Qué me está diciendo? ¿Es usted un ocupa nazi?
- SirMcDell… - susurró. – Hoy es 12 de febrero. – comentó. – ¿Lo sabía?
- ¡Claro que se la fecha en la que vivo! Hoy es doce de febrero de 1995.
En el estomago de Alex se produjo un nudo de lo más contraído.
- No… Estamos en 2007, no en 1995, SirMcDell.
El cartero frunció el ceño y salió del coche. Agarró el periódico del suelo y leyó la fecha. Seguidamente lanzó el periódico al suelo, subió a su camioneta, y desapareció a lo lejos de la carretera principal.
CONTINUARÁ

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