PARTE SEGUNDA; Calor.
- ¿Por qué me cuenta esta historia, padre? – preguntó el hijo, en uno de los incisos respiratorios del enfermo.
- Ya te he dicho, hijo mío, que el final de esta historia está donde debe de estar, en el final… Es como aquella escalera… Que final tan extraño y poco común… ¿Quién lo hubiese pensado, que al final se encontraría ese oscuro y a la vez esperanzado lugar?
Y sin más, el viejo continuó la historia.
Aquella noche, tras la visita del cartero, Alex no pudo dejar de pensar en lo que había ocurrido horas antes, y con el fin de no preocupar a su mujer había guardado el secreto de la visita en lo más profundo de su subconsciente, parte de su mente que lo atormentó en sueños durante los días siguientes.
Noches más tarde, en la oscuridad creciente del crepúsculo, deambulaba un hombre, cojeando, a lo largo de la carretera principal que comunicaba St.Loire con Lemon Square. El inquilino, llevando sujeto en su mano derecha un recipiente plástico lleno de gasolina, había premeditado detalle a detalle lo que aquella noche iba a ocurrir en el número 73 de esa misma calle.
En mitad de la tiniebla y levemente iluminado por la blanquecina luz de las farolas cercanas, el hombre era tan solo una sombra que acechaba a una familia ya dormida en el seno de un hogar no perteneciente a la misma.
La sombra respiraba plácidamente ansiando algo. ¿Un cigarro, tal vez? Con agilidad impropia de un cojo, el hombre dejo el recipiente en el húmedo suelo y sacó de su bolsillo un cajetín de tabaco rozando ya la inexistencia de nicotina.
Agarró el penúltimo cigarrillo, ignorando que además de otra munición adictiva, también se hallaba en el interior del cartón una diminuta llave de color dorada. Cerró la caja y se llevó a la boca el filtro gustosamente, para a continuación encender su trocito de gloria con un mechero metálico que ofrecía débiles destellos a causa de la luz. Cuando saboreó la segunda calada volvió a agarrar su recipiente y por consiguiente, a caminar.
En el momento que llegó al jardín de la casa 73 el aire se tornó denso y misterioso. Bajo los pies del hombre el césped crujía y la escarcha se resquebrajaba. Hacía frío, e independientemente del humo aspirado por el tabaco, de la boca del hombre también salía vaho.
Cruelmente sonrió y se acercó a la puerta principal, dejando huellas en el hielo roto antes incrustado en la hierba, y una vez cerca de la impenetrable losa de madera, la sombra encajó en la cerradura la llave dorada que tenía oculta y la puerta, como por arte de magia, cesó su resistencia.
El interior de la residencia estaba completamente ordenado. Nada más entrar quedaba al descubierto una lujosa escalera, y a ambos lados, el salón, a la derecha, y el comedor, a la izquierda.
Arrastrando su cubo el hombre subió las escaleras y una vez en el segundo piso atisbó las cinco puertas. Un baño, tres habitaciones y un despacho, pensó, y sin demorarse mucho en la elección agarró la primera puerta y se adentró en el espacio que esta protegía.
Aquel cubículo era el baño. Reluciente baño con todo lujo de detalles. Las cortinas a juego con las toallas. El jabón a juego con las toallas y las cortinas. Allí dentro de podía percibir la manía de una esposa por el hecho de conjuntar lo inconjutable.
Ignorando lo demás, la sombra destapó el recipiente de gasolina y empezó a derramarlo por el suelo.
Cuando salió, entró en una nueva puerta. La habitación del matrimonio. Ambos dormían ignorantes a todo, pero el hombre se movía bruscamente, como incómodo, como siendo testigo de una pesadilla pronto hecha realidad.Aislándose de la escena, la sombra vertió de nuevo su jugo por la estancia, y cuando hubo terminado salió cerrando la puerta.
La siguiente fue la habitación de uno de los hijos. Era un chiquillo escuálido que a su lado la cama parecía una hectárea, pero a pesar de todo tenía cierta presencia angelical que sin lugar a dudas había heredado de su madre.
Involuntariamente la sombra tuvo una erección en el momento en que la imagen de la mujer dormida llegó a su mente. Allí tumbada, junto a su ajetreado marido, pareciéndose en cada ínfimo detalle a una virgen.
El hombre se tocó por unos segundos, y cuando la lujuria abandonó su cuerpo se dijo a sí mismo, más bien se prometió, que tarde o temprano aquella mujer sería suya.
Sin preámbulos vertió de nuevo la substancia creando ríos en la moqueta. Cuando salió, complacido, vio en la puerta, pintado, el nombre del crío: Cramany.
Tan solo le quedaban dos habitaciones y rezó para que la siguiente fuese la del otro hijo, pues el despacho le traía sin cuidado. Agarró el pomo de la puerta continúa a la de Cramany, y al abrirla un chirrido se propagó en la atmosfera, para seguirle un tufo a sexo, sudor y adolescencia por este orden. Allí descansaba un chico de unos 17 años aproximadamente. Se parecía mucho al chiquillo de la habitación de al lado, solo que este último no compartía el color de pelo, siendo moreno y su hermano rubio. La sombra miró al joven. Era atlético, un estudiante de instituto con las hormonas a flor de piel. De nuevo el cojo tuvo una erección, adoraba a esos jóvenes que pensaban comerse el mundo, y lo único que comían era la mierda de los demás.
Lamentándolo en lo más profundo de su corazón, la sombra prefería a la mujer que a su joven hijo, aunque si quedaba tiempo, y tened por seguro que iba a quedar, también se encargaría del chico.
Sin temor tiró gasolina a su alrededor. El escritorio, el armario, las estanterías, la pared, la mesita de noche. Aquella noche, sin duda, sería una de las más calurosas del año para los Bottage.
La sombra salió de la última habitación y calculó la gasolina restante. Le quedaba suficiente como para verterla hasta el piso de abajo, cosa que hizo al segundo siguiente. Y una vez abajo, con su cubo en mano y cigarro en los labios, llegó la hora de la chispa.
Agarró su cigarrillo con dedos índice y corazón, y seguidamente lo lazó a las escaleras, donde instantes después se produjo un chasquido insonoro para dar lugar a la carrera de llamas. El fuego se deslizaba rápidamente por las escaleras hasta el piso de arriba. Se hizo la luz, y cuando el rostro de la sombra se iluminó, esta salió de la casa y esperó junto al buzón.
- Los Bottage van a decir adiós a esta casa… - pensó en voz alta la sombra. Y tras sonreír de forma maquiavélica el hombre buscó en sus bolsillos una papeleta. Era un cartelito de publicidad, nada de extraño, parecido a muchos otros que recogía cansada cada mañana la señora Anne Bottage. Pero por muy extraño que parezca aquella papeleta, singular sin más, llevaría a los Bottage a un lugar alejado de la realidad y donde las leyendas tienen sólidas bases para creer.
- Sí… - dijo la sombra una vez marcado el número de los bomberos en su teléfono táctil de última generación. – Creo que deben saber que la casa 73 de la Calle St.Loire está ardiendo. – y tras pronunciar esas palabras colgó, introdujo en el interior del buzón la papeleta, y caminó de nuevo a la oscuridad, lugar de donde había llegado.
CONTINUARÁ
Los Cuentos de Villa Aumtum 3 - 2/4
Publicado por
MQL
miércoles, 8 de julio de 2009
Etiquetas: Relato
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