Los Cuentos de Villa Aumtum 3 - 2/4

PARTE SEGUNDA; Calor.

- ¿Por qué me cuenta esta historia, padre? – preguntó el hijo, en uno de los incisos respiratorios del enfermo.
- Ya te he dicho, hijo mío, que el final de esta historia está donde debe de estar, en el final… Es como aquella escalera… Que final tan extraño y poco común… ¿Quién lo hubiese pensado, que al final se encontraría ese oscuro y a la vez esperanzado lugar?
Y sin más, el viejo continuó la historia.

Aquella noche, tras la visita del cartero, Alex no pudo dejar de pensar en lo que había ocurrido horas antes, y con el fin de no preocupar a su mujer había guardado el secreto de la visita en lo más profundo de su subconsciente, parte de su mente que lo atormentó en sueños durante los días siguientes.
Noches más tarde, en la oscuridad creciente del crepúsculo, deambulaba un hombre, cojeando, a lo largo de la carretera principal que comunicaba St.Loire con Lemon Square. El inquilino, llevando sujeto en su mano derecha un recipiente plástico lleno de gasolina, había premeditado detalle a detalle lo que aquella noche iba a ocurrir en el número 73 de esa misma calle.
En mitad de la tiniebla y levemente iluminado por la blanquecina luz de las farolas cercanas, el hombre era tan solo una sombra que acechaba a una familia ya dormida en el seno de un hogar no perteneciente a la misma.
La sombra respiraba plácidamente ansiando algo. ¿Un cigarro, tal vez? Con agilidad impropia de un cojo, el hombre dejo el recipiente en el húmedo suelo y sacó de su bolsillo un cajetín de tabaco rozando ya la inexistencia de nicotina.
Agarró el penúltimo cigarrillo, ignorando que además de otra munición adictiva, también se hallaba en el interior del cartón una diminuta llave de color dorada. Cerró la caja y se llevó a la boca el filtro gustosamente, para a continuación encender su trocito de gloria con un mechero metálico que ofrecía débiles destellos a causa de la luz. Cuando saboreó la segunda calada volvió a agarrar su recipiente y por consiguiente, a caminar.

En el momento que llegó al jardín de la casa 73 el aire se tornó denso y misterioso. Bajo los pies del hombre el césped crujía y la escarcha se resquebrajaba. Hacía frío, e independientemente del humo aspirado por el tabaco, de la boca del hombre también salía vaho.
Cruelmente sonrió y se acercó a la puerta principal, dejando huellas en el hielo roto antes incrustado en la hierba, y una vez cerca de la impenetrable losa de madera, la sombra encajó en la cerradura la llave dorada que tenía oculta y la puerta, como por arte de magia, cesó su resistencia.

El interior de la residencia estaba completamente ordenado. Nada más entrar quedaba al descubierto una lujosa escalera, y a ambos lados, el salón, a la derecha, y el comedor, a la izquierda.
Arrastrando su cubo el hombre subió las escaleras y una vez en el segundo piso atisbó las cinco puertas. Un baño, tres habitaciones y un despacho, pensó, y sin demorarse mucho en la elección agarró la primera puerta y se adentró en el espacio que esta protegía.

Aquel cubículo era el baño. Reluciente baño con todo lujo de detalles. Las cortinas a juego con las toallas. El jabón a juego con las toallas y las cortinas. Allí dentro de podía percibir la manía de una esposa por el hecho de conjuntar lo inconjutable.
Ignorando lo demás, la sombra destapó el recipiente de gasolina y empezó a derramarlo por el suelo.
Cuando salió, entró en una nueva puerta. La habitación del matrimonio. Ambos dormían ignorantes a todo, pero el hombre se movía bruscamente, como incómodo, como siendo testigo de una pesadilla pronto hecha realidad.Aislándose de la escena, la sombra vertió de nuevo su jugo por la estancia, y cuando hubo terminado salió cerrando la puerta.
La siguiente fue la habitación de uno de los hijos. Era un chiquillo escuálido que a su lado la cama parecía una hectárea, pero a pesar de todo tenía cierta presencia angelical que sin lugar a dudas había heredado de su madre.
Involuntariamente la sombra tuvo una erección en el momento en que la imagen de la mujer dormida llegó a su mente. Allí tumbada, junto a su ajetreado marido, pareciéndose en cada ínfimo detalle a una virgen.
El hombre se tocó por unos segundos, y cuando la lujuria abandonó su cuerpo se dijo a sí mismo, más bien se prometió, que tarde o temprano aquella mujer sería suya.
Sin preámbulos vertió de nuevo la substancia creando ríos en la moqueta. Cuando salió, complacido, vio en la puerta, pintado, el nombre del crío: Cramany.
Tan solo le quedaban dos habitaciones y rezó para que la siguiente fuese la del otro hijo, pues el despacho le traía sin cuidado. Agarró el pomo de la puerta continúa a la de Cramany, y al abrirla un chirrido se propagó en la atmosfera, para seguirle un tufo a sexo, sudor y adolescencia por este orden. Allí descansaba un chico de unos 17 años aproximadamente. Se parecía mucho al chiquillo de la habitación de al lado, solo que este último no compartía el color de pelo, siendo moreno y su hermano rubio. La sombra miró al joven. Era atlético, un estudiante de instituto con las hormonas a flor de piel. De nuevo el cojo tuvo una erección, adoraba a esos jóvenes que pensaban comerse el mundo, y lo único que comían era la mierda de los demás.
Lamentándolo en lo más profundo de su corazón, la sombra prefería a la mujer que a su joven hijo, aunque si quedaba tiempo, y tened por seguro que iba a quedar, también se encargaría del chico.
Sin temor tiró gasolina a su alrededor. El escritorio, el armario, las estanterías, la pared, la mesita de noche. Aquella noche, sin duda, sería una de las más calurosas del año para los Bottage.

La sombra salió de la última habitación y calculó la gasolina restante. Le quedaba suficiente como para verterla hasta el piso de abajo, cosa que hizo al segundo siguiente. Y una vez abajo, con su cubo en mano y cigarro en los labios, llegó la hora de la chispa.
Agarró su cigarrillo con dedos índice y corazón, y seguidamente lo lazó a las escaleras, donde instantes después se produjo un chasquido insonoro para dar lugar a la carrera de llamas. El fuego se deslizaba rápidamente por las escaleras hasta el piso de arriba. Se hizo la luz, y cuando el rostro de la sombra se iluminó, esta salió de la casa y esperó junto al buzón.
- Los Bottage van a decir adiós a esta casa… - pensó en voz alta la sombra. Y tras sonreír de forma maquiavélica el hombre buscó en sus bolsillos una papeleta. Era un cartelito de publicidad, nada de extraño, parecido a muchos otros que recogía cansada cada mañana la señora Anne Bottage. Pero por muy extraño que parezca aquella papeleta, singular sin más, llevaría a los Bottage a un lugar alejado de la realidad y donde las leyendas tienen sólidas bases para creer.

- Sí… - dijo la sombra una vez marcado el número de los bomberos en su teléfono táctil de última generación. – Creo que deben saber que la casa 73 de la Calle St.Loire está ardiendo. – y tras pronunciar esas palabras colgó, introdujo en el interior del buzón la papeleta, y caminó de nuevo a la oscuridad, lugar de donde había llegado.


CONTINUARÁ

Los Cuentos de Villa Aumtum 3 - 1/4




Al final de la escalera.
PRIMERA PARTE: El Cartero


- Hijo… - susurró el hombre, midiendo el tiempo y las palabras. – He de contarte algo que he mantenido en secreto durante muchos años.
El hijo, sobresaltado, se incorporó de la silla en la que había pasado tantas noches a esperas de la muerte, ya inminente, de su padre, y sus lágrimas brillaron bajo la candela de la esperanza.
- Dígame, padre… - susurró en un lamento casi ahogado, y entonces el marchito hombre, a cuestas con su difícil respiración y lágrimas en los ojos, contó una historia que se abrió camino al corazón del joven.




Siempre me había preguntado que había al final de esa angosta escalera que se introducía por los frondosos bosques colaterales a Villa Aumtum. Pero antes de adentrarnos en el extraño final de esta historia, es lógico que empiece por el principio...

Era un caluroso día de verano cuando visitó la Villa una extraña familia que decía apellidarse Bottage, constituida por Anne, Alex, y sus dos hijos, Bultró y Cramany. Cramany era el más pequeño de todos, pero el que tenía un aspecto más siniestro y enfermizo, con esos ojos saltones y esas ojeras tremendamente oscuras. A todo ello se le sumaba su extremada blanquecina piel, y sus casi transparentes ojos, además de su rubio cabello largo hasta media espalda. Bultró era completamente opuesto a Cramany. Era alto, moreno, de ojos oscuros, de constitución atlética, una mirada penetrante y una piel heredada de su madre: perfecta. Alex, el padre, tenía rasgos que se podían identificar en ambos hijos, su nariz la había heredado el hijo menor, su pelo, el mayor y finalmente estaba Anne; rubia, alta, bella. Una musa del arte griego. Una dama de pies a cabeza. Una modelo femenina a seguir.
Los Bottage habían encontrado el nombre de Villa Aumtum por casualidad, y aquella casualidad lentamente se fue convirtiendo en una idea de lo más brillante. Y aquella idea en un plan. Y aquel plan, finalmente, en una realidad.

Una mañana de marzo Alex abrió la puerta de su casa con intención de recoger el periódico de aquel día, cuando para su sorpresa pudo ver, que en la entrada de su garaje, estaba estacionada una camioneta de correos cubierta de óxido y polvo.
En el interior del vehículo descansaba un hombre de avanzada edad, que estaba leyendo atentamente sus informes con ojos perplejos.
- ¿Qué hace usted en mi propiedad? – preguntó Alex con coraje en las venas.
- ¿Disculpe? Esta casa es mía. ¿Qué hace usted aquí?
Alex lo miró perplejo y dedujo que sería un fugitivo de algún psiquiátrico cercano.
- Creo que está equivocado… - dijo Alex, ofreciendo una sonrisa. – Vivimos aquí desde hace 10 años.
- Es… extraño. – susurró el cartero. – Me llamo Sir McDell. – se presentó finalmente, y entonces, como la luz ilumina la oscuridad, las respuestas alumbraron las preguntas de Alex.

10 años antes.

- No se arrepentirá de la compra, Señor Bottage, se lo puedo asegurar. Es una bonita casa de dos plantas que está en perfecto estado, con jardín y espacio suficiente como para incorporar una buena piscina para sus dos hijos. – el agente inmobiliario seguía ejecutando su trabajo con exquisita rigidez. – además el ambiente en el que está situado se considera el concepto más lujoso. Un barrio de calidad, para una familia de calidad.
Alex sonreía falsamente antes las explicaciones del agente.
- No obstante a todo esto, he de asegurarle que el precio está muy por debajo de lo que en realidad debería estar. Hay un descuento de un 72,3%.
- ¿Y eso a qué es debido? – preguntó tajantemente Alex.
- Es debido a que ustedes son unos clientes fantásticos y la agencia quiere agradecerles el favor de…
- No, no, no. Deje de lamerme el culo a mí, y a mí familia. Quiero que me diga los contras. ¿Por qué es tan barata?
- Bueno… la cuestión es que… la casa ya tiene un propietario.
Aquella palabras fueron como un jarrón de agua fría. ¿Porqué comprar una casa cuando la casa ya estaba comprada?
- ¿Me ve usted cara de imbécil?
- No, no, ni lo más mínimo. La cuestión es que por mucho que la casa ya tenga propietario, el propietario lleva desaparecido dos años y no ha dejado señal de vida por ninguna parte, con lo cual… la agencia, ha decidido revender la casa. Y cuando digo revender me refiero a pagar tan solo un ínfimo porcentaje del precio original para así poder vivir en esta majestuosa obra maestra de la arquitectura.
- ¿Quién era el propietario? – preguntó Alex tremendamente intrigado.
- Nadie en especial. Un joven cartero que vivía solo. Había recibido la herencia de sus difuntos padres, muertos en un accidente de tráfico, y decidió comprarse este excéntrico pedazo de mundo. Un tal SirMcDell

- Así que usted es el propietario de esta casa… - susurró Alex, desgarrando sus cuerdas vocales. – Después de doce años vuelves para… ¿qué?
- ¿Doce años? – vociferó el cartero - ¿Qué me está diciendo? ¿Es usted un ocupa nazi?
- SirMcDell… - susurró. – Hoy es 12 de febrero. – comentó. – ¿Lo sabía?
- ¡Claro que se la fecha en la que vivo! Hoy es doce de febrero de 1995.
En el estomago de Alex se produjo un nudo de lo más contraído.
- No… Estamos en 2007, no en 1995, SirMcDell.
El cartero frunció el ceño y salió del coche. Agarró el periódico del suelo y leyó la fecha. Seguidamente lanzó el periódico al suelo, subió a su camioneta, y desapareció a lo lejos de la carretera principal.


CONTINUARÁ




Los Cuentos de Villa Aumtum 2


Este cuento, a diferencia del anterior, si que es creación propia.

Encendió su lamparilla de noche y aspiró el asfixiante humo de su cigarrillo. Hacía semanas que no notaba la nicotina por sus venas, y del mismo modo, hacía semanas que no lograba entender de manera alguna el orden de las letras.
Las dos primeras caladas fueron reconfortantes, como un elixir rejuvenecedor. La tercera vino acompañada de la tos, y a la cuarta sus ojos empezaron a empañarse en lágrimas al darse cuenta de que empezaba a idear, por fin, su nueva historia.

Agarró su pluma y la deslizó por la hoja de forma bella, como si cada movimiento formase parte de los pasos de una magnate coreografía, como si cada palabra fuese un pedazo de cielo –o de infierno- sellado con el arte literario que embriagaba a un hombre que recordaba la vida de algunas de aquellas personas que más le había impresionado conocer a lo largo de su vida.


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El día había amanecido tal y como todos los habitantes se habían imaginado; con una espesa niebla capaz de ser cortada a rebanadas con un cuchillo.
Nadie, al menos ese 11 de febrero, se había aventurado a palpar esa substancia ni gaseosa ni líquida que envolvía el valle, nadie, excepto Sir McDell, el cartero, que aquella mañana viajaba desde la ciudad con su furgoneta por tal de ofrecer a sus clientes la correspondencia destinada a cada uno de estos, y ese día, a diferencia que muchos tantos, McDell lo hacía con especial ilusión y curiosidad.
Debido a la escasez de habitantes en Villa Aumtum el cartero conocía las viviendas y los nombres de sus respectivos dueños, pero ese no era el caso del número 77, en cuyo recinto no se había acercado jamás pues nadie enviaba cartas a los habitantes de esa mansión.
Pero ése día había un sobre de color dorado que iba destinado a un tal Arnold Shuggart, habitante de la residencia 77, tal vez la más alejada de la entrada del pueblo y a la que Sir McDell se apresuró a llegar antes que a cualquier otra.
Al bajarse del asiento del conductor el cartero agarró su lápiz Staedtler y su carpeta de envíos, de la cual sacó un folio dónde escribió algo que solo él podía saber.
Seguidamente guardó la carpeta bajo el asiento del copiloto y el escuálido hombre se adentró en el jardín de Arnold por tal de llegar a la puerta principal, la cual golpeó tres veces con un ímpetu fuera de lo normal.
En el interior de la casa se produjo un sonido repetitivo que se difuminó con el tiempo, el cual fue rápidamente identificado como el eco a los golpes del cartero.
A esperas de que abriesen, el hombre leyó la información del destinatario de ése peculiar sobre:

Arnold Shuggart
Villa Aumtum, Shepart, U.K
Nº 77


Volvió a picar, y de nuevo el eco se repitió tres o cuatro veces seguidas. Fue entonces cuando McDell observó el reverso del sobre y leyó la información del emisor.

Arnold Shuggart
Villa Aumtum, Shepart, U.K
Nº 77


Extrañado, volvió a picar y esta vez no se produjo ese eco característico de las dos anteriores ocasiones, pero sí se escuchó el sonido de unos pasos que se acercaban al portal.
Una silueta oscura, tal vez de una mujer, se vio a través del translúcido cristal, y un conjunto de pestillos ofrecieron un sonido metálico que pareció durar minutos aunque en realidad tan solo fuesen segundos.
Lentamente la losa de madera se deslizó y una fémina realmente preciosa quedó al descubierto.
Su dentadura: perfecta, su pelo moreno y sus ojos verdes ofrecían un contraste afrodisiaco y exótico muy peculiar. Su piel pálida como la nieve, y su cuello de cisne permitía leer el pulso de la joven tan solo con el sentido de la vista.
- Buenos días, ¿puedo ayudarle en algo? – sugirió la muchacha con esa voz angelical.
- ¿Qué se encuentra en casa el señor Arnold, Arnold Shuggart?
La mujer abrió los ojos expresando rasgos de sorpresa.
- Arnold Shuggart, sí… Por favor, pase. – pronunció en un hilo de voz. El cartero, doblemente extrañado, se adentró en la tenebrosa mansión, cuyos muebles estaban todos tapados con sabanas.
- ¿Su nombre es?
- Dell, Sir McDell.
- Por favor señor Dell, sígame.
La chica se encaminó hacia el interior del domicilio y consternado, el cartero, la siguió.
Ambos llegaron a un salón iluminado donde había cinco personas de edad muy avanzada, todos ellos con ropajes de luto.
En el centro de la habitación, Sir se aventuró a adivinar que se hallaba un mueble más, pues también estaba tapado con una sabana como todo lo anteriormente visto.
Al irrumpir la reunión las cinco caras apuñalaron a miradas repletas de ira al intruso, pero segundos después el incomodo silencio se convirtió en un intercambio de cuchicheos más incomodo aún.
- Señorita, yo solo soy un cartero, vengo a darle esta carta a Arnold Shuggart. – dijo McDell mientras alzaba el sobre dorado enviado desde esa misma casa hacía ese mismo lugar.
- Sí, sí, y tanto… El señor Arnold está ahí… - y señaló el mueble del centro de la habitación.
Una de las ancianas que se encontraba sentaba se levantó y se acercó al centro del salón para destapar lo que era un ataúd de color blanco mármol, en cuyo lomo contenía la siguiente inscripción:


Arnold, al que siempre
Amaremos por darnos
Cobijo y salud…


El siguiente acto que ofreció la anciana fue abrir la tapa del sarcofago, dónde quedó al descubierto un cadáver de unos 90 años. Era menudo, no tenía pelo, y su cara estaba poblada de arrugas. Arnold sonreía desde el otro barrio...

Tras varios minutos de ensimismamiento, McDell se dio cuenta de que aquella estampa era delirante, y dio dos pasos atrás por tal de huir de esa especie de secta que miraba a su nuevo invitado. Pero no pudo, ya que dos fornidos hombres agarraron ambos brazos de Sir.
- ¿Qué va a alguna parte? – cuestionó uno de ellos.
- Y encima sin entregar la carta. Que mala educación.
McDell recibió un empujón. Sabía lo que esas dementes personas querían, deseaban que Arnold tuviese su carta.

Con pasos moribundos se acercó. Los nervios ofrecían cierta resistencia a que siguiera caminando, pero a pesar de la dificultad pudo hacerlo, y una vez frente al cadáver posó el sobre sobre el pecho de éste y rezó un avemaría.
Cuando acabó su discurso interno, observó de nuevo al perecido, y se sorprendió al darse cuenta de que los párpados del hombre ofrecían débiles movimientos inconscientes.
Curioso, se acercó, y entonces los ojos de Arnold se abrieron y con un movimiento ágil el señor Shuggart agarró del cuello al cartero, luciendo esa sonrisa que ofrecía al publico la convicción de que aquello le producía placer.



Cuando SirMcDell se despertó habían pasado aparentemente 12 horas, y sentado a su lado, cual médico y paciente, se encontraba un hombre de unos 50 años leyendo Drácula. Cuando el hombre se percató de que el cartero se había despertado, dejó su libro sobre la mesita y sonrió.
- Menos mal que ha despertado… Creíamos que le perdíamos. – dijo el hombre, aportando calidez con su mirada a Dell. - ¿Se encuentra bien?
Sir McDell se enderezó y miró de un lugar a otro.
- ¿Dónde estoy? ¿Quién es usted?
- Menudo golpe debió de darse… Yo soy Arnold Shuggart, usted vino a entregarme un carta ¿No se acuerda? – preguntó.
- ¿Arnold? ¿Carta? ¿De qué mes está hablando?
- ¿No se acuerda Sir? – cuestionó el hombre, algo sorprendido.
- No… lo único que recuerdo es que me había levantado con intención de ir a Shepart…-cesó.- ¿Estoy en…?
- Efectivamente.
- ¿Entonces… - suspiró- estoy en Villa Aumtum?
- Si querido amigo, la pequeña Villa Aumtum, un lugar peculiar sin duda, y además lleno de historias sumamente extrañas. ¿Conoce usted lo del dentista y la mujer con la dentadura de lobo? – el cartero asintió. – cuan de cruda historia… sin duda. Pero hay muchas más que corretean por ahí, cuál de ellas más extraña. Hay una en especial que trata sobre un anciano que tenía el extraño poder de adsorber la vida de cualquier otro hombre. Lo único que hacía era tocar a su víctima, y esperar el suficiente tiempo. El atacado entraba en coma y día y noche el atacante se alimentaba de la vida de este. Mientras uno rejuvenecía, el otro envejecía. Así podían pasar años hasta que el antiguo anciano estuviese contento con su aspecto e imagen. Pero ya sabe… Historias al fin y al cabo, ¿no? ¿Qué podrían tener estas de verdad?
Arnold, que caminando había llegado hasta la ventana, miró a través del vidrio no aires de nostalgia.
- Bueno, creo que ya puede volver a su casa. ¿Quiere que le acompañe alguien?

Cuando Sir salió al exterior, vio como Arnold seguía asomado en la ventana, tal vez esperando para despedirse. Cuando el cartero entró al interior del vehículo y buscó su reloj en su chaqueta que yacía en el asiento contiguo, vio en las agujas de su marca tiempo que eran las 11 de la noche.
McDell se agachó y buscó su carpeta, la abrió, y extrajo un folio en el cual anotaba las entregas que ofrecía al día. Ésa jornada tan solo estaba marcada una.

11 de febrero 1995
Nº 77 Villa Aumtum. Arnold Shuggart.


Al encender el motor del coche las luces se encendieron, y el reflejo de McDell quedó impreso en el espejo retrovisor.
Tenía canas, arrugas… Las cuales no recordaba tener…

A la mañana siguiente el cartero se propuso terminar el trabajo que ese día no había terminado, así que al amanecer entregaría todas las cartas que se habían quedado sin entregar.


Cuando la vecina del panadero de Villa Aumtum se levantó ése 12 de febrero, lo primero que hizo fue recoger el correo, y entre sus cartas encontró una que la dejó boquiabierta. Se trataba de un sobre que debería haber recibido hacía 12 años, un sobre amarillento escrito a mano que olía a historia, una carta de 1995 que recibía el 12 de febrero de 2007.
Lo mismo había ocurrido con diferentes personas que vivían en la villa, a algunas de las cuales no iban destinadas las cartas debido a que se habían producido mudanzas y habían llegado nuevas familias a Aumtum.
El único que no recibió su carta con retraso fue Arnold Shuggart, el cual si la había recibido esa mañana de 1995, un 11 de febrero en el que había encontrado a una víctima de la cual alimentarse durante 12 años, y así retrasar la correspondencia de sus vecinos.

Los Cuentos de Villa Aumtum 1


Este cuento no es de propia creación. Es en honor a una gran profesora, Lola, la cual nos contó este relato dias después de empezar las clases.

Me había temblado el alma tantas veces, en ocasiones similares, que aquella vez ni me inmuté de lo que estaba ocurriendo.
Alzó su mirada al horizonte, y se dispuso a contar una de esas historias que helaban el corazón y petrificaban la sangre, paralizando el riego y suprimiendo cualquier latido y acto involuntario.
Su mirada me rozó, y seguidamente, abrió la boca y nos introdujo a todos en un cuento que por siempre sellaría nuestras vidas…

Habían pasado exactamente diez días desde su llegada.
Era un hombre cuyo aspecto ya pedía respeto y silencio.
Su nombre era Lance, y era el nuevo dentista del pueblo…
Había llegado tras complejos acontecimientos en una vida pasada, pues en un incendio había fallecido su mujer y su hija, y la única familia que yacía a su lado en esos momentos tan difíciles, era una perra de raza lobuna, de pelaje blanco y elegancia innata.

El hombre no hablaba con nadie, se limitaba a ofrecer los mismos actos día sí, día también.
A las nueve salía de su casa, la antigua cabaña de los ancianos Rockbe, y soltaba a Sally, su perra, para que esta corriera y liberase energía. A las diez cogía el coche, cerraba la verja de su jardín para que Sally no se escapase, y se dirigía al centro del pueblo, donde había alquilado un pequeño local donde abrir su consulta. A las once y tres minutos salía de su clínica y entraba al bar, donde bebía su café matutino, fumaba dos cigarros, y leía el periódico para no perder el contacto con la civilización urbanizada.
Quince minutos después, doblaba el periódico y lo dejaba en su lugar. Pagaba su consumición, y volvía a su clínica aún cerrada.
Exactamente cinco minutos después, la puerta de la Clínica Lance se abría y las ancianas se acercaban para pedir consejos bucales.
Prácticamente esa era su vida, cerrado en un mundo sin posibles amores, y dedicándose plenamente a su labor como profesional; sacar muelas, aliviar el dolor dental, y aconsejar acerca una mejor higiene.
Lo que él no sabía es que un siete de diciembre a María le dolería la muela, que la chica llegaría a la consulta, y que él se enamoraría perdidamente de ella, lo cual, poco a poco, lo llevaría a la muerte.
- Hola, Doctor Lance. Mi madre me ha hablado de usted… - dijo María, mirando fijamente a su receptor.
- Sí, sí… Doña Encarna ya me ha comentado como está el asunto de tu muela. Siéntate aquí y ahora mismo estoy contigo.
Cuanto más la miraba, más deseos de poseerla le corrompían la cabeza. Allí, tendida en la silla, parecía una diosa griega, de belleza incalculable, y de presencia más que divina.
- Creo que… - empezó él, ideando el plan más perfecto para cazar a la joven. – que deberá usted venir mañana. No tengo los instrumentos necesarios para aliviar esa muela…

Ese día Lance cerró la clínica 4 horas antes.
Al abrir la verja de su jardín, Sally acudió corriendo hacía el coche de su amo, y gracias a un reflejo casi incontrolable, Lance aceleró y atropelló a la perra, dejándola sin vida.
Al salir del vehículo, con un manta protegió el cadáver de su canina, y lo entró a su salón, donde con lágrimas en los ojos arrancó uno a uno todos los dientes del cuerpo sin vida de su mejor compañía, los cuales introducía en una caja de metal, guardando, tal vez como recuerdo, lo único que podría servirle del cuerpo de ésta.
Enterró los restos en el jardín, y la cajita de metal la escondió debajo de su cama, exactamente en el punto donde solía dormir ella.
Lance esa noche no durmió, pues había dos pensamientos que deambulaban por su cerebelo sin destino aparente, y es que por más que lo intentaba, cuando cerraba los ojos, la imagen de María se le aparecía, y seguidamente la de su esposa, asintiendo y sonriendo, dándole al dentista vía libre para intentar conquistar a la joven muchacha.
El viudo se levantó esa mañana de las siete. Adelantó todos los planes una hora y estuvo en la clínica a las nueve y media. María no llegó hasta las once.
- Lo siento querida, pero creo que deberá acercarse esta tarde a mi casa. Este lugar es demasiado pequeño… - dijo él, como excusa para adentrarla en su hogar.
- Allí estaré.

Por la tarde la clínica cerró sus puertas, y las ancianas quedaron estupefactas al ver que Lance rompía su habitual quehacer.
El hombre hizo té y perfumó su salón para dar una buena imagen, y cuando el reloj marcó las siete el timbré sonó.
- Pase, María. Acabo de hacer té, ¿le apetece una taza?
Ambos hablaron por espacio de media hora, hasta que irremediablemente Lance se lanzó al vacío.
- Es usted realmente bella… ¿Se lo han dicho alguna vez? – empezó.
- Doctor… - intentó detener María, pero su intento se vio frustrado.
- No diga nada… Tan solo quiero decirle algo… ¿Quiere usted casarse conmigo? – la mirada de Lance se encendió, y la de María, a su vez, se apagó.
- Doctor, yo he venido aquí por la muela… Para nada más.
Fue entonces cuando la mirada del doctor brilló con más fuerza aún. Ella le quería, pero aún no lo sabía.

Ambos subieron al dormitorio, y una vez allí María se tumbó en el lecho para que al fin el dentista pusiese fin a su dolor.
- Veamos, ahora voy a anestesiarla. ¿Es usted alérgica? – preguntó, y la chica negó.
Con un acto rápido Lance colocó la mascarilla sobre la faz de María, y esta rápidamente calló en un sueño profundo, dejando su cuerpo muerto, insensible y sin ningún tipo de reacción humana.
El dentista cogió una pinza y un bisturí, y rajó la carne por tal de arrancar la muela.
Un hilo de sangre calló de entre las comisuras de los labios de la paciente, y Lance las limpió con una toalla, con delicadeza, como si se tratara de una muñeca de porcelana que en cualquier momento se fuese a romper. Y entonces la pieza cedió.
Dejó la muela en un cuenco metálico donde yacía alcohol, y un extraño escalofrío recorrió el cuerpo del hombre. Se sintió bien, fue algo muy parecido al placer… Así que arrancó otra muela, y otra, y otra… Dejando al fin a la joven sin dentadura, ensangrentada, y realmente bella.
Entonces una idea se le pasó por la mente, una algo exagerada, per a su vez magnate.
Buscó bajo la cama la caja de hojalata donde había guardado los dientes de Sally, y la abrió, creando una sinfonía de golpecitos vibratorios que ofrecían más fuerza a su idea.
Agarró un diente, y lo llevó a la boca de María… Y así uno a uno…

Cuando los primeros rayos de luz cegaron la mirada de la muchacha, fue cuando se dio cuenta de que no podía bostezar. Ni hablar… No podía abrir su boca.
- Hola, María… ¿Qué tal has dormido? – preguntó Lance desde la butaca que yacía en la esquina del cuarto. – No te esfuerces, tiene que reposar tu dentadura… Estarás un par de semanas con la boca cosida… Y si quieres algo, deberás escribirlo en esa libreta.
María observó la habitación. Una sensación de terror se estaba apoderando de ella. Palpó sus labios con los dedos de sus manos y sintió los hilos de metal que perforaban la carne evitando abrir la boca más de lo debido.
Entonces su mirada se clavó en la libreta, y en la pluma que dormía sobre la hoja blanca.
Se abalanzó hasta esta y escribió algo, con una rapidez casi sobrehumana, y sudando y ajetreada se acercó al dentista pidiendo a gritos mudos que leyera lo que había puesto.
Él obedeció, y tras leerlo miró fríamente a su amor, y le sonrió.
- Cuando sepas lo que te he hecho no tendrás valentía para salir de aquí, y te casarás conmigo como última opción…

Así pasaron las dos semanas. Cada noche Lance subía al cuarto de María y le decía que la quería, que si se casaría con él, y ella, intentando buscar una escapatoria, escribía en su libreta que sí, que se casaría, pero cuando le quitase esos hilos férreos de la cara.
Él le contestaba que lo haría, pero que a su debido momento, que el tiempo para amar era corto, y el de enamorarse era infinitamente largo.
Entonces llegó el día tan esperado por María.
Esta se sentó en la silla, a esperas de Lance, y cuando este llegó con sus instrumentos, la joven no pudo evitar sonreír, lo cual abrió algunas de las heridas ya cicatrizadas.
- No pasa nada… Hoy es tu día. – dijo Lance, dando confianza a la mujer… Y tal como había prometido, comenzó su obra y extrajo todos los hilos hasta liberar esa sonrisa lobuna, la cual, con terror, María pudo ver reflejada en el espejo.
- ¿Qué… qué… qué mierdas has hecho conmigo? – vociferó María.
- Nada… Entonces… ¿Te casarás conmigo, mi amor?
María giró la cabeza, miró a Lance, y se dio cuenta que había perdido el juicio.
- Claro que me casaré… Pero primero he de besarte.

A la mañana siguiente la policía entró en la casa de Lance, y encontró el cadáver del dentista con infinitas mordeduras de lobo en su cuerpo.

Susan y Pablo



A la mañana siguiente Susan quiso matarme por dos razones: la segunda es que no había accedido a acostarme con ella, y la primera, es que no le había presentado a mi primo Den.
Pero dejando de lado este último detalle, Susan era una chica algo tranquila y muy amable, tan solo que a veces pecaba de soberbia en volumen pectoral. Con dichas cualidades genéticas, osease, ese dúo de protuberancias tan extremadamente atemorizadoras, Susan se había llevado a su lecho a todos mis primos, y en un tiempecito de dos semanas ya había catado mi generación familiar colateral en el árbol, excepto a los homosexuales y féminas.

Susan, entra y sale. Pero Susan ahora es una mujer distina a las demás que caminan por la calle. Su mirada es varonil, nuez sube y baja al hablar con ese tono tan grave que localizas con el oído al segundo 0,0001 de la pronunciación de su palabra. Susan se ha cambiado el nombre, y ahora intenta cambiar su sexo, pero por más que intenta ahorrar no consigue los millones que cuesta ese pene de plástico que para erectarlo has de hincharlo con una bomba de oxigeno cual fumador compulsivo. (Ohh, pene fumador!)
Susan ahora se llama Pablo, y cuando me reencuentro con mis primos encuentro rápidamente un tema de conversación.

YO: ¿Te acuerdas de Susan?
PRIMO: Sí.
YO: Ahora es un tío.

Rara es la contestación siguiente, en la que 5 de 10 primos quieren volver a quedar con Susan, para esta vez conocer a Pablo e invitarle a unas cañas…
Pero más extraño es aún cuando Susan niega la cita, por qué ahora quiere ligarse a mis primas.

Por la espuma



Cuando abrí la puerta tan solo vi una infinita oscuridad que me adentraba a una nueva dimensión. Poco a poco mis ojos atisbaron aquella forma geométrica al final del abismo, una ventana con arco ojival de la cual se desprendían miles de diminutos rayos de luz que apuñalaban la tiniebla sin piedad alguna. Aquellas flechas lumínicas parecían verse devoradas por la negra garganta de la habitación, dando sensación de no existir el suelo.
Alcé los brazos y di tres pasos hacia el interior del cuarto, y cuando ya me vi lo suficientemente alejado de la puerta esta se cerró produciendo un estruendo cual rayo.
Las cuerdas de luz vibraban, sabían que me acercaba a la claridad y así podría huir de aquella sombra que había seguido todos y cada uno de los pasos en mi vida. Cuando alcancé la primera de las cuerdas intenté agarrarla pero mi mano traspasó el rayo. Al llegar a la segunda lo mismo ocurrió. Y con la tercera, la cuarta, la quinta, la sexta…
Me estaba aproximando a la ventana, una vidriera incolora que reflejaba una impoluta luna en el cielo de la noche. Rayos de Luna, pensé, y continué cercando las cuerdas.
La séptima, la octava, la novena… Ninguna era sólida, todas ellas estaban formadas por ese estado gaseoso que no podía sostener en mis manos.
La décima, la undécima… Más cerca de la ventana. La luna sonreía pletórica. Las cuerdas continuaban siendo de gas…
No fue hasta el momento en que llegué a la vigésima cuerda cuando entendí que ninguna podría sujetar. Tal vez no estaba hecho para poderlas tocar. Tal vez no lo merecía. Tal vez ni si quiera existían aquellas cuerdas que en mi mente tanto significado daban.
Desistí y me acerqué a la ventana. Mis pasos ahora eran más ligeros, más rápidos, parecía que tuviese alas y hubiese aprendido a volar. Pronto me situé al otro lado del cristal, opuesto al aire natural del exterior, observando aquella luna que lentamente adoptaba la forma de una pompa de jabón, una ligera, débil y frágil burbuja que se elevaba gracias a la brisa.
Fue rápida la conversión de las cuerdas en pompas. Miles de bambollas flotando en la oscuridad, inertes a la gravedad. Chocaban entre ellas, se dispersaban, deformaban las cuerdas iníciales para no dejar nada.
- Pom pom pom… - se escuchó a los lejos. – Pom pom pom… - recitó el eco.
- ¿Hay alguien ahí? – grité - ¿Hay alguien ahí? – me contestaron.
- Pom pom pom… - se volvió a escuchar. – Pom pom pom… - se volvió a repetir.
Cerré los ojos y me detuve a adivinar de donde venía aquel sonido, y dominados por el diablo mis pies me guiaron hacia algún lugar. Caminé, y esa agilidad que había poseído se convertía en pesadez… Me costaba continuar, me faltaba el aire, mi corazón latía con más fuerza a cada paso.
- Pom pom pom… - se escuchaba cerca. – Pom pom pom… - repitió el eco, más lejano.
- ¿Hola? – cuestioné. - ¿Hola? – me cuestionaron.
Seguía caminando. Los tobillos me dolían. Mi boca sabía a sangre. Parecía que hubiese corrido durante un día entero.
- Pom pom pom…- dijo alguien. – Pom pom pom… - retumbó en la pared.
Lentamente al final del camino surgió una diminuta figura. Una silla de madera. Un trono, más bien.
- Pom pom pom… - gritaba el anciano que estaba sentado en el. – Pom pom pom… - se escucho otra vez.
- Pom pom pom… - vociferé yo, y esta vez el eco no devolvió su estrépito.
- ¿Quién eres tú para osar decir mi Pom pom pom? – chilló el decrepito hombrecillo. – ¿Después de años vienes y das la cara? ¡¿Después de años repitiendo mi Pom pom pom?! ¡¿Por qué ahora?! ¡¿POR QUÉ?
La cabeza del hombre parecía explotar, y antes de que pudiese responder el viejo en pompas se convirtió. De nuevo las esferas de jabón levitaron hacía lo más alto formando una nube de colores, y solo se quedó el trono, en el cual descansaba una pipa de madera nada significante.
La agarré y me la llevé a la boca, y de ella salió espuma pero en mi interior entraba sabor a fresa y nata. La fresa y la nata me encantaban, no podía dejar de comer, y aquel sabor invadía mi cuerpo y me volvía adicto. A cuanto más saboreaba más espuma caía. Espuma por los tobillos. Por las rodillas. Por la cadera. Por el cuello... La espuma me cubrió y el sabor a limpio me llegó a la boca eclipsando la última fresa que degusté.
Intenté nadar pero no pude, y por la espuma me vi difunto y abandonado.

Kélynda



Kélynda era una chica para nada agraciada por las artes de la belleza y los canons griegos de las proporciones ideales de toda mujer. Su cadera era gruesa, sus muñecas parecían barbies ballenas, y sus pies se hinchaban a los pocos pasos que ofrecer al estresado mundo que corría por delante de ella sin intención de dejar ventaja a la desgraciada y desproporcionada Kélynda.

Un día, mientras estaba sentada en su silla eléctrica con gruesos y mullidos colchones de flex, el teléfono sonó con su estrepitoso RANG y una vocecita en la cabeza de la chica sonó al mismo tempo.
- No te levantes y acábate la ensalada.
Kélynda observó la supuesta ensalada, y vio como aquellas hojas verdes y profundamente odiadas se convertían en patatas fritas con guarnición con extra de grasa. No parecía recordar ninguna de las opciones del menú dietético del doctor ya que no las respetaba lo más mínimo.
Sí que había comido ensalada, de entrante, siguiéndole un sorbete de limón, un trozo de ternera de medio quilo con acompañamiento de alioli, y finalmente las patatas con la ternera que no había acabado en su primer acto.
- No te levantes y acábate las patatas y la carne. – corrigió la voz.

Kélynda lloró y se levantó con ágil dificultad por tal de ir y descolgar el teléfono.
- Diga – susurró, con su voz ya de por sí distorsionada por el colesterol incrustado en sus cuerdas vocales. - ¿En qué puedo ayudarle?
- Buenos tardes, soy Ariaan Belot, de la Clínica Saint-Crustaç. Le llamábamos para informarle de que su liposucción ha sido aprobada. Preséntese por favor el trece de marzo del año… Este año, vamos.
Kélynda sonrió y cuando colgó, fue a comer sus patatas y su carne, pues la grasa de sus cuerdas vocales serían aspiradas, de nuevo, por quinta vez.

Violette y su cantimplora

Violette tenía mucho calor, pero aún así caminaba por entre las dunas de ese desierto dorado que se extendía de mar a mar. A lo largo de su camino nada había encontrado, ni un oasis, ni un animal muerto, ni si quiera un hierbajo seco que poder masticar…
Intacta, su indumentaria estaba constituida por una falda ceñida, una blusa de kashmere color azul, unas gafas de Valentino, unos pendientes de oro de Gucci, un pesado recipiente metálico entre sus manos, y unos tacones de quince centímetros cuyas agujas se hundían en el interior de la arena dificultando la andanza.
Ni una gota de sudor caía de su rostro. Le habían enseñado a no supurar ningún ácido orgánico. Habían cuidado hasta el último detalle de su belleza exterior para así olvidar su intelecto, y hasta tal punto había llegado la excentricidad de la creación de la moda, que en aquella situación extrema, y con una cantimplora llena de agua en sus manos, Violette se estaba muriendo de sed intentando buscar agua natural en aquel océano de arenisca.

mkl's boom box


Cuando un escritor enamora, siente como devora el corazón de su víctima lentamente, engullendo la sangre de la arteria aorta, resquebrajando el músculo de su mártir, perforando con los dientes las miles de células que componen un pequeño trozo de carne que se guarda con aprecio en el pecho.
Cuando un escritor, sin embargo, aborrece y desdeña, siente como el corazón de sus víctimas se hace más fuerte, irrompible, inquebrantable, impenetrable…
Siente, al fin, la libertad de un lector perdido.
MKL’s Boom Box no te enamorará, pero siempre es de buen aventurero adentrarse en la porquería que un autor plasma en una hoja.

Atentamente:
La Caja de las Sorpresas de MKL