
Cuando abrí la puerta tan solo vi una infinita oscuridad que me adentraba a una nueva dimensión. Poco a poco mis ojos atisbaron aquella forma geométrica al final del abismo, una ventana con arco ojival de la cual se desprendían miles de diminutos rayos de luz que apuñalaban la tiniebla sin piedad alguna. Aquellas flechas lumínicas parecían verse devoradas por la negra garganta de la habitación, dando sensación de no existir el suelo.
Alcé los brazos y di tres pasos hacia el interior del cuarto, y cuando ya me vi lo suficientemente alejado de la puerta esta se cerró produciendo un estruendo cual rayo.
Las cuerdas de luz vibraban, sabían que me acercaba a la claridad y así podría huir de aquella sombra que había seguido todos y cada uno de los pasos en mi vida. Cuando alcancé la primera de las cuerdas intenté agarrarla pero mi mano traspasó el rayo. Al llegar a la segunda lo mismo ocurrió. Y con la tercera, la cuarta, la quinta, la sexta…
Me estaba aproximando a la ventana, una vidriera incolora que reflejaba una impoluta luna en el cielo de la noche. Rayos de Luna, pensé, y continué cercando las cuerdas.
La séptima, la octava, la novena… Ninguna era sólida, todas ellas estaban formadas por ese estado gaseoso que no podía sostener en mis manos.
La décima, la undécima… Más cerca de la ventana. La luna sonreía pletórica. Las cuerdas continuaban siendo de gas…
No fue hasta el momento en que llegué a la vigésima cuerda cuando entendí que ninguna podría sujetar. Tal vez no estaba hecho para poderlas tocar. Tal vez no lo merecía. Tal vez ni si quiera existían aquellas cuerdas que en mi mente tanto significado daban.
Desistí y me acerqué a la ventana. Mis pasos ahora eran más ligeros, más rápidos, parecía que tuviese alas y hubiese aprendido a volar. Pronto me situé al otro lado del cristal, opuesto al aire natural del exterior, observando aquella luna que lentamente adoptaba la forma de una pompa de jabón, una ligera, débil y frágil burbuja que se elevaba gracias a la brisa.
Fue rápida la conversión de las cuerdas en pompas. Miles de bambollas flotando en la oscuridad, inertes a la gravedad. Chocaban entre ellas, se dispersaban, deformaban las cuerdas iníciales para no dejar nada.
- Pom pom pom… - se escuchó a los lejos. – Pom pom pom… - recitó el eco.
- ¿Hay alguien ahí? – grité - ¿Hay alguien ahí? – me contestaron.
- Pom pom pom… - se volvió a escuchar. – Pom pom pom… - se volvió a repetir.
Cerré los ojos y me detuve a adivinar de donde venía aquel sonido, y dominados por el diablo mis pies me guiaron hacia algún lugar. Caminé, y esa agilidad que había poseído se convertía en pesadez… Me costaba continuar, me faltaba el aire, mi corazón latía con más fuerza a cada paso.
- Pom pom pom… - se escuchaba cerca. – Pom pom pom… - repitió el eco, más lejano.
- ¿Hola? – cuestioné. - ¿Hola? – me cuestionaron.
Seguía caminando. Los tobillos me dolían. Mi boca sabía a sangre. Parecía que hubiese corrido durante un día entero.
- Pom pom pom…- dijo alguien. – Pom pom pom… - retumbó en la pared.
Lentamente al final del camino surgió una diminuta figura. Una silla de madera. Un trono, más bien.
- Pom pom pom… - gritaba el anciano que estaba sentado en el. – Pom pom pom… - se escucho otra vez.
- Pom pom pom… - vociferé yo, y esta vez el eco no devolvió su estrépito.
- ¿Quién eres tú para osar decir mi Pom pom pom? – chilló el decrepito hombrecillo. – ¿Después de años vienes y das la cara? ¡¿Después de años repitiendo mi Pom pom pom?! ¡¿Por qué ahora?! ¡¿POR QUÉ?
La cabeza del hombre parecía explotar, y antes de que pudiese responder el viejo en pompas se convirtió. De nuevo las esferas de jabón levitaron hacía lo más alto formando una nube de colores, y solo se quedó el trono, en el cual descansaba una pipa de madera nada significante.
La agarré y me la llevé a la boca, y de ella salió espuma pero en mi interior entraba sabor a fresa y nata. La fresa y la nata me encantaban, no podía dejar de comer, y aquel sabor invadía mi cuerpo y me volvía adicto. A cuanto más saboreaba más espuma caía. Espuma por los tobillos. Por las rodillas. Por la cadera. Por el cuello... La espuma me cubrió y el sabor a limpio me llegó a la boca eclipsando la última fresa que degusté.
Intenté nadar pero no pude, y por la espuma me vi difunto y abandonado.
Por la espuma
Publicado por
MQL
viernes, 26 de junio de 2009
Etiquetas: Relato
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