
Este cuento no es de propia creación. Es en honor a una gran profesora, Lola, la cual nos contó este relato dias después de empezar las clases.
Me había temblado el alma tantas veces, en ocasiones similares, que aquella vez ni me inmuté de lo que estaba ocurriendo.
Alzó su mirada al horizonte, y se dispuso a contar una de esas historias que helaban el corazón y petrificaban la sangre, paralizando el riego y suprimiendo cualquier latido y acto involuntario.
Su mirada me rozó, y seguidamente, abrió la boca y nos introdujo a todos en un cuento que por siempre sellaría nuestras vidas…
Habían pasado exactamente diez días desde su llegada.
Era un hombre cuyo aspecto ya pedía respeto y silencio.
Su nombre era Lance, y era el nuevo dentista del pueblo…
Había llegado tras complejos acontecimientos en una vida pasada, pues en un incendio había fallecido su mujer y su hija, y la única familia que yacía a su lado en esos momentos tan difíciles, era una perra de raza lobuna, de pelaje blanco y elegancia innata.
El hombre no hablaba con nadie, se limitaba a ofrecer los mismos actos día sí, día también.
A las nueve salía de su casa, la antigua cabaña de los ancianos Rockbe, y soltaba a Sally, su perra, para que esta corriera y liberase energía. A las diez cogía el coche, cerraba la verja de su jardín para que Sally no se escapase, y se dirigía al centro del pueblo, donde había alquilado un pequeño local donde abrir su consulta. A las once y tres minutos salía de su clínica y entraba al bar, donde bebía su café matutino, fumaba dos cigarros, y leía el periódico para no perder el contacto con la civilización urbanizada.
Quince minutos después, doblaba el periódico y lo dejaba en su lugar. Pagaba su consumición, y volvía a su clínica aún cerrada.
Exactamente cinco minutos después, la puerta de la Clínica Lance se abría y las ancianas se acercaban para pedir consejos bucales.
Prácticamente esa era su vida, cerrado en un mundo sin posibles amores, y dedicándose plenamente a su labor como profesional; sacar muelas, aliviar el dolor dental, y aconsejar acerca una mejor higiene.
Lo que él no sabía es que un siete de diciembre a María le dolería la muela, que la chica llegaría a la consulta, y que él se enamoraría perdidamente de ella, lo cual, poco a poco, lo llevaría a la muerte.
- Hola, Doctor Lance. Mi madre me ha hablado de usted… - dijo María, mirando fijamente a su receptor.
- Sí, sí… Doña Encarna ya me ha comentado como está el asunto de tu muela. Siéntate aquí y ahora mismo estoy contigo.
Cuanto más la miraba, más deseos de poseerla le corrompían la cabeza. Allí, tendida en la silla, parecía una diosa griega, de belleza incalculable, y de presencia más que divina.
- Creo que… - empezó él, ideando el plan más perfecto para cazar a la joven. – que deberá usted venir mañana. No tengo los instrumentos necesarios para aliviar esa muela…
Ese día Lance cerró la clínica 4 horas antes.
Al abrir la verja de su jardín, Sally acudió corriendo hacía el coche de su amo, y gracias a un reflejo casi incontrolable, Lance aceleró y atropelló a la perra, dejándola sin vida.
Al salir del vehículo, con un manta protegió el cadáver de su canina, y lo entró a su salón, donde con lágrimas en los ojos arrancó uno a uno todos los dientes del cuerpo sin vida de su mejor compañía, los cuales introducía en una caja de metal, guardando, tal vez como recuerdo, lo único que podría servirle del cuerpo de ésta.
Enterró los restos en el jardín, y la cajita de metal la escondió debajo de su cama, exactamente en el punto donde solía dormir ella.
Lance esa noche no durmió, pues había dos pensamientos que deambulaban por su cerebelo sin destino aparente, y es que por más que lo intentaba, cuando cerraba los ojos, la imagen de María se le aparecía, y seguidamente la de su esposa, asintiendo y sonriendo, dándole al dentista vía libre para intentar conquistar a la joven muchacha.
El viudo se levantó esa mañana de las siete. Adelantó todos los planes una hora y estuvo en la clínica a las nueve y media. María no llegó hasta las once.
- Lo siento querida, pero creo que deberá acercarse esta tarde a mi casa. Este lugar es demasiado pequeño… - dijo él, como excusa para adentrarla en su hogar.
- Allí estaré.
Por la tarde la clínica cerró sus puertas, y las ancianas quedaron estupefactas al ver que Lance rompía su habitual quehacer.
El hombre hizo té y perfumó su salón para dar una buena imagen, y cuando el reloj marcó las siete el timbré sonó.
- Pase, María. Acabo de hacer té, ¿le apetece una taza?
Ambos hablaron por espacio de media hora, hasta que irremediablemente Lance se lanzó al vacío.
- Es usted realmente bella… ¿Se lo han dicho alguna vez? – empezó.
- Doctor… - intentó detener María, pero su intento se vio frustrado.
- No diga nada… Tan solo quiero decirle algo… ¿Quiere usted casarse conmigo? – la mirada de Lance se encendió, y la de María, a su vez, se apagó.
- Doctor, yo he venido aquí por la muela… Para nada más.
Fue entonces cuando la mirada del doctor brilló con más fuerza aún. Ella le quería, pero aún no lo sabía.
Ambos subieron al dormitorio, y una vez allí María se tumbó en el lecho para que al fin el dentista pusiese fin a su dolor.
- Veamos, ahora voy a anestesiarla. ¿Es usted alérgica? – preguntó, y la chica negó.
Con un acto rápido Lance colocó la mascarilla sobre la faz de María, y esta rápidamente calló en un sueño profundo, dejando su cuerpo muerto, insensible y sin ningún tipo de reacción humana.
El dentista cogió una pinza y un bisturí, y rajó la carne por tal de arrancar la muela.
Un hilo de sangre calló de entre las comisuras de los labios de la paciente, y Lance las limpió con una toalla, con delicadeza, como si se tratara de una muñeca de porcelana que en cualquier momento se fuese a romper. Y entonces la pieza cedió.
Dejó la muela en un cuenco metálico donde yacía alcohol, y un extraño escalofrío recorrió el cuerpo del hombre. Se sintió bien, fue algo muy parecido al placer… Así que arrancó otra muela, y otra, y otra… Dejando al fin a la joven sin dentadura, ensangrentada, y realmente bella.
Entonces una idea se le pasó por la mente, una algo exagerada, per a su vez magnate.
Buscó bajo la cama la caja de hojalata donde había guardado los dientes de Sally, y la abrió, creando una sinfonía de golpecitos vibratorios que ofrecían más fuerza a su idea.
Agarró un diente, y lo llevó a la boca de María… Y así uno a uno…
Cuando los primeros rayos de luz cegaron la mirada de la muchacha, fue cuando se dio cuenta de que no podía bostezar. Ni hablar… No podía abrir su boca.
- Hola, María… ¿Qué tal has dormido? – preguntó Lance desde la butaca que yacía en la esquina del cuarto. – No te esfuerces, tiene que reposar tu dentadura… Estarás un par de semanas con la boca cosida… Y si quieres algo, deberás escribirlo en esa libreta.
María observó la habitación. Una sensación de terror se estaba apoderando de ella. Palpó sus labios con los dedos de sus manos y sintió los hilos de metal que perforaban la carne evitando abrir la boca más de lo debido.
Entonces su mirada se clavó en la libreta, y en la pluma que dormía sobre la hoja blanca.
Se abalanzó hasta esta y escribió algo, con una rapidez casi sobrehumana, y sudando y ajetreada se acercó al dentista pidiendo a gritos mudos que leyera lo que había puesto.
Él obedeció, y tras leerlo miró fríamente a su amor, y le sonrió.
- Cuando sepas lo que te he hecho no tendrás valentía para salir de aquí, y te casarás conmigo como última opción…
Así pasaron las dos semanas. Cada noche Lance subía al cuarto de María y le decía que la quería, que si se casaría con él, y ella, intentando buscar una escapatoria, escribía en su libreta que sí, que se casaría, pero cuando le quitase esos hilos férreos de la cara.
Él le contestaba que lo haría, pero que a su debido momento, que el tiempo para amar era corto, y el de enamorarse era infinitamente largo.
Entonces llegó el día tan esperado por María.
Esta se sentó en la silla, a esperas de Lance, y cuando este llegó con sus instrumentos, la joven no pudo evitar sonreír, lo cual abrió algunas de las heridas ya cicatrizadas.
- No pasa nada… Hoy es tu día. – dijo Lance, dando confianza a la mujer… Y tal como había prometido, comenzó su obra y extrajo todos los hilos hasta liberar esa sonrisa lobuna, la cual, con terror, María pudo ver reflejada en el espejo.
- ¿Qué… qué… qué mierdas has hecho conmigo? – vociferó María.
- Nada… Entonces… ¿Te casarás conmigo, mi amor?
María giró la cabeza, miró a Lance, y se dio cuenta que había perdido el juicio.
- Claro que me casaré… Pero primero he de besarte.
A la mañana siguiente la policía entró en la casa de Lance, y encontró el cadáver del dentista con infinitas mordeduras de lobo en su cuerpo.
Los Cuentos de Villa Aumtum 1
Publicado por
MQL
sábado, 27 de junio de 2009
Etiquetas: Relato
0 comentarios:
Publicar un comentario