Los Cuentos de Villa Aumtum 2


Este cuento, a diferencia del anterior, si que es creación propia.

Encendió su lamparilla de noche y aspiró el asfixiante humo de su cigarrillo. Hacía semanas que no notaba la nicotina por sus venas, y del mismo modo, hacía semanas que no lograba entender de manera alguna el orden de las letras.
Las dos primeras caladas fueron reconfortantes, como un elixir rejuvenecedor. La tercera vino acompañada de la tos, y a la cuarta sus ojos empezaron a empañarse en lágrimas al darse cuenta de que empezaba a idear, por fin, su nueva historia.

Agarró su pluma y la deslizó por la hoja de forma bella, como si cada movimiento formase parte de los pasos de una magnate coreografía, como si cada palabra fuese un pedazo de cielo –o de infierno- sellado con el arte literario que embriagaba a un hombre que recordaba la vida de algunas de aquellas personas que más le había impresionado conocer a lo largo de su vida.


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El día había amanecido tal y como todos los habitantes se habían imaginado; con una espesa niebla capaz de ser cortada a rebanadas con un cuchillo.
Nadie, al menos ese 11 de febrero, se había aventurado a palpar esa substancia ni gaseosa ni líquida que envolvía el valle, nadie, excepto Sir McDell, el cartero, que aquella mañana viajaba desde la ciudad con su furgoneta por tal de ofrecer a sus clientes la correspondencia destinada a cada uno de estos, y ese día, a diferencia que muchos tantos, McDell lo hacía con especial ilusión y curiosidad.
Debido a la escasez de habitantes en Villa Aumtum el cartero conocía las viviendas y los nombres de sus respectivos dueños, pero ese no era el caso del número 77, en cuyo recinto no se había acercado jamás pues nadie enviaba cartas a los habitantes de esa mansión.
Pero ése día había un sobre de color dorado que iba destinado a un tal Arnold Shuggart, habitante de la residencia 77, tal vez la más alejada de la entrada del pueblo y a la que Sir McDell se apresuró a llegar antes que a cualquier otra.
Al bajarse del asiento del conductor el cartero agarró su lápiz Staedtler y su carpeta de envíos, de la cual sacó un folio dónde escribió algo que solo él podía saber.
Seguidamente guardó la carpeta bajo el asiento del copiloto y el escuálido hombre se adentró en el jardín de Arnold por tal de llegar a la puerta principal, la cual golpeó tres veces con un ímpetu fuera de lo normal.
En el interior de la casa se produjo un sonido repetitivo que se difuminó con el tiempo, el cual fue rápidamente identificado como el eco a los golpes del cartero.
A esperas de que abriesen, el hombre leyó la información del destinatario de ése peculiar sobre:

Arnold Shuggart
Villa Aumtum, Shepart, U.K
Nº 77


Volvió a picar, y de nuevo el eco se repitió tres o cuatro veces seguidas. Fue entonces cuando McDell observó el reverso del sobre y leyó la información del emisor.

Arnold Shuggart
Villa Aumtum, Shepart, U.K
Nº 77


Extrañado, volvió a picar y esta vez no se produjo ese eco característico de las dos anteriores ocasiones, pero sí se escuchó el sonido de unos pasos que se acercaban al portal.
Una silueta oscura, tal vez de una mujer, se vio a través del translúcido cristal, y un conjunto de pestillos ofrecieron un sonido metálico que pareció durar minutos aunque en realidad tan solo fuesen segundos.
Lentamente la losa de madera se deslizó y una fémina realmente preciosa quedó al descubierto.
Su dentadura: perfecta, su pelo moreno y sus ojos verdes ofrecían un contraste afrodisiaco y exótico muy peculiar. Su piel pálida como la nieve, y su cuello de cisne permitía leer el pulso de la joven tan solo con el sentido de la vista.
- Buenos días, ¿puedo ayudarle en algo? – sugirió la muchacha con esa voz angelical.
- ¿Qué se encuentra en casa el señor Arnold, Arnold Shuggart?
La mujer abrió los ojos expresando rasgos de sorpresa.
- Arnold Shuggart, sí… Por favor, pase. – pronunció en un hilo de voz. El cartero, doblemente extrañado, se adentró en la tenebrosa mansión, cuyos muebles estaban todos tapados con sabanas.
- ¿Su nombre es?
- Dell, Sir McDell.
- Por favor señor Dell, sígame.
La chica se encaminó hacia el interior del domicilio y consternado, el cartero, la siguió.
Ambos llegaron a un salón iluminado donde había cinco personas de edad muy avanzada, todos ellos con ropajes de luto.
En el centro de la habitación, Sir se aventuró a adivinar que se hallaba un mueble más, pues también estaba tapado con una sabana como todo lo anteriormente visto.
Al irrumpir la reunión las cinco caras apuñalaron a miradas repletas de ira al intruso, pero segundos después el incomodo silencio se convirtió en un intercambio de cuchicheos más incomodo aún.
- Señorita, yo solo soy un cartero, vengo a darle esta carta a Arnold Shuggart. – dijo McDell mientras alzaba el sobre dorado enviado desde esa misma casa hacía ese mismo lugar.
- Sí, sí, y tanto… El señor Arnold está ahí… - y señaló el mueble del centro de la habitación.
Una de las ancianas que se encontraba sentaba se levantó y se acercó al centro del salón para destapar lo que era un ataúd de color blanco mármol, en cuyo lomo contenía la siguiente inscripción:


Arnold, al que siempre
Amaremos por darnos
Cobijo y salud…


El siguiente acto que ofreció la anciana fue abrir la tapa del sarcofago, dónde quedó al descubierto un cadáver de unos 90 años. Era menudo, no tenía pelo, y su cara estaba poblada de arrugas. Arnold sonreía desde el otro barrio...

Tras varios minutos de ensimismamiento, McDell se dio cuenta de que aquella estampa era delirante, y dio dos pasos atrás por tal de huir de esa especie de secta que miraba a su nuevo invitado. Pero no pudo, ya que dos fornidos hombres agarraron ambos brazos de Sir.
- ¿Qué va a alguna parte? – cuestionó uno de ellos.
- Y encima sin entregar la carta. Que mala educación.
McDell recibió un empujón. Sabía lo que esas dementes personas querían, deseaban que Arnold tuviese su carta.

Con pasos moribundos se acercó. Los nervios ofrecían cierta resistencia a que siguiera caminando, pero a pesar de la dificultad pudo hacerlo, y una vez frente al cadáver posó el sobre sobre el pecho de éste y rezó un avemaría.
Cuando acabó su discurso interno, observó de nuevo al perecido, y se sorprendió al darse cuenta de que los párpados del hombre ofrecían débiles movimientos inconscientes.
Curioso, se acercó, y entonces los ojos de Arnold se abrieron y con un movimiento ágil el señor Shuggart agarró del cuello al cartero, luciendo esa sonrisa que ofrecía al publico la convicción de que aquello le producía placer.



Cuando SirMcDell se despertó habían pasado aparentemente 12 horas, y sentado a su lado, cual médico y paciente, se encontraba un hombre de unos 50 años leyendo Drácula. Cuando el hombre se percató de que el cartero se había despertado, dejó su libro sobre la mesita y sonrió.
- Menos mal que ha despertado… Creíamos que le perdíamos. – dijo el hombre, aportando calidez con su mirada a Dell. - ¿Se encuentra bien?
Sir McDell se enderezó y miró de un lugar a otro.
- ¿Dónde estoy? ¿Quién es usted?
- Menudo golpe debió de darse… Yo soy Arnold Shuggart, usted vino a entregarme un carta ¿No se acuerda? – preguntó.
- ¿Arnold? ¿Carta? ¿De qué mes está hablando?
- ¿No se acuerda Sir? – cuestionó el hombre, algo sorprendido.
- No… lo único que recuerdo es que me había levantado con intención de ir a Shepart…-cesó.- ¿Estoy en…?
- Efectivamente.
- ¿Entonces… - suspiró- estoy en Villa Aumtum?
- Si querido amigo, la pequeña Villa Aumtum, un lugar peculiar sin duda, y además lleno de historias sumamente extrañas. ¿Conoce usted lo del dentista y la mujer con la dentadura de lobo? – el cartero asintió. – cuan de cruda historia… sin duda. Pero hay muchas más que corretean por ahí, cuál de ellas más extraña. Hay una en especial que trata sobre un anciano que tenía el extraño poder de adsorber la vida de cualquier otro hombre. Lo único que hacía era tocar a su víctima, y esperar el suficiente tiempo. El atacado entraba en coma y día y noche el atacante se alimentaba de la vida de este. Mientras uno rejuvenecía, el otro envejecía. Así podían pasar años hasta que el antiguo anciano estuviese contento con su aspecto e imagen. Pero ya sabe… Historias al fin y al cabo, ¿no? ¿Qué podrían tener estas de verdad?
Arnold, que caminando había llegado hasta la ventana, miró a través del vidrio no aires de nostalgia.
- Bueno, creo que ya puede volver a su casa. ¿Quiere que le acompañe alguien?

Cuando Sir salió al exterior, vio como Arnold seguía asomado en la ventana, tal vez esperando para despedirse. Cuando el cartero entró al interior del vehículo y buscó su reloj en su chaqueta que yacía en el asiento contiguo, vio en las agujas de su marca tiempo que eran las 11 de la noche.
McDell se agachó y buscó su carpeta, la abrió, y extrajo un folio en el cual anotaba las entregas que ofrecía al día. Ésa jornada tan solo estaba marcada una.

11 de febrero 1995
Nº 77 Villa Aumtum. Arnold Shuggart.


Al encender el motor del coche las luces se encendieron, y el reflejo de McDell quedó impreso en el espejo retrovisor.
Tenía canas, arrugas… Las cuales no recordaba tener…

A la mañana siguiente el cartero se propuso terminar el trabajo que ese día no había terminado, así que al amanecer entregaría todas las cartas que se habían quedado sin entregar.


Cuando la vecina del panadero de Villa Aumtum se levantó ése 12 de febrero, lo primero que hizo fue recoger el correo, y entre sus cartas encontró una que la dejó boquiabierta. Se trataba de un sobre que debería haber recibido hacía 12 años, un sobre amarillento escrito a mano que olía a historia, una carta de 1995 que recibía el 12 de febrero de 2007.
Lo mismo había ocurrido con diferentes personas que vivían en la villa, a algunas de las cuales no iban destinadas las cartas debido a que se habían producido mudanzas y habían llegado nuevas familias a Aumtum.
El único que no recibió su carta con retraso fue Arnold Shuggart, el cual si la había recibido esa mañana de 1995, un 11 de febrero en el que había encontrado a una víctima de la cual alimentarse durante 12 años, y así retrasar la correspondencia de sus vecinos.

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